Esta es la historia de
un marqués que un día salió de su casa para estrenar su coche
nuevo. Iba el marqués tan contento cuando fue a
pasar las vías del tren, que tenía que cruzar para llegar al pueblo, con tan mala suerte que el coche se le quedó enganchado a una
traviesa. Rápidamente el marqués metió marcha atrás, pero el coche no se movía.
Empezó a ponerse nervioso, estaba atravesado en mitad de la vía y podía venir el tren y llevárselo. Volvió a acelerar, pero nada. De
repente se acordó del 112. Llamaría a ver si había tiempo de
avisar al conductor del tren. Sacó el móvil mientras
miraba a la derecha, pero cuando le descolgaron se quedó sin habla.
Lágrimas como toneles bajaban por las mejillas. Al final salieron las palabras
y explicó lo sucedido.
De repente escuchó el
silbido del tren. Se bajó del coche, cogió la chaqueta y se puso a agitarla
como un loco en mitad de la vía.
-¡Pare,
pare!
¡Piiiiiiiiiiiii ¡-pitaba el potente vehículo mientras se acercaba con una maldad mortífera. Las lágrimas le caían a raudales.
De repente observó como
el tren aminoraba la velocidad, y como a metro y medio se paró. Por las
escalerillas bajaba un rey mago, era Melchor, con su túnica en verde
fosforescente con una larga barba y un móvil en la mano. El marqués se abrazo a
él:
-Gracias Melchor, sabía que alguna vez los
reyes magos se portarían bien conmigo. ¡Gracias!
-¡Qué Melchor ni que leches!-
contestó el maquinista que con barbas y con un anorak fosfórico había
confundido el marqués con un rey mago:- me acaban de avisar por el móvil de
este peligro-.
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